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viernes, junio 03, 2005

Desaparecidos en el ‘Garage olimpo’

No la había visto hasta el domingo pasado. Me refiero a la película ‘Garage Olimpo’, rodada hace seis años. La línea argumental del filme, que tiene una co-producción italo-francesa, es la tortura ejercida a partir de 1976 por la dictadura militar Argentina de Jorge Rafael Videla.

Ya sé que no es ninguna novedad hablar ahora, seis años después de su estreno, de esta película. Sin embargo, es una de esos largometrajes comprometidos con la sociedad y la política. Una de esas películas que entretienen y, lo más importante, que hacen pensar y reflexionar. Es, al fin y al cabo, ese cine que rompe con la idea falsa de que el público sólo busca la evasión y el entretenimiento y que, como sucede con todas las buenas historias, provoca el nacimiento de un espíritu investigador sobre el contexto de la historia en el espectador.

El 24 de marzo de 1976, la Junta de Comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas de Argentina, integrada por el general J. R. Videla, el almirante Emilio E. Massera y el brigadier Orlando R. Agosti, derroca a la entonces presidente del Gobierno María Estela Martínez de Perón, que había ostentado la presidencia desde 1974. Con un golpe de Estado, se hacen con el poder de Argentina durante el periodo que ellos mismos denominaron ‘Proceso de Reorganización Nacional’.

Un periodo caracterizado por la utilización de una metodología represiva y torturadora, con la que lograron destruir las organizaciones populares y debilitar los lazos de solidaridad entre los grupos opositores. Una represión que, como sucede en los inicios de una nueva etapa, se desarrolló con mayor intensidad entre 1976 y 1978.

Si algo caracteriza este periodo es el número de personas que desaparecieron. Según diversas fuentes, esta “desaparición forzada” –eufemismo detrás del que se esconden asesinatos, torturas y exilios- afectó a un número comprendido entre 9.000 y 30.000 personas.

Pero si algo me llamó la atención de la película no fue la escenificación de la sala de torturas, ni la psicología de los torturadores, ni las torturas en sí mismas. Lo que más me llamó la atención, lo que más me impresionó de toda la película fue el uso que hace el director chileno Marco Bechis de los planos exteriores. Unas imágenes que contrastan con los de los centros de torturas y que, mejor que con mil palabras, reflejan a una Argentina feliz, verde, luminosa, que vive y que se divierte. Una Argentina ajena a todo el oscurantismo del Gobierno: una Argentina engañada y desinteresada, que no conoce los asesinatos de compatriotas suyos que fueron enterrados sin sepultura: los llamados “desaparecidos”.